Hace unos años, un virus comenzó a recorrer las calles de una ciudad peculiar, perdida en el mundo, llamada Ciudad Gris. Una urbanización de tamaño moderado, familias típicas, días típicos (aunque muy lluviosos.) ¿Quién iba a pensar que una epidemia iba a saltar y convertir a las personas infectadas en muertos vivientes? (...)
Las poblaciones cercanas a Ciudad Gris han sido evacuadas y, las que no, tienen las mejores defensas que uno puede imaginar. Hay agentes, hay cazadores, hay científicos, hay mutantes, hay bestias... e incluso hay fantasmas.
El Gobierno ha comenzado a actuar. ¿Su próxima acción? Matar a todos los mutantes y evitar que el virus se convierta en lo que muchos temen; el fin de la humanidad.
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If you can call the name of our hope, that probably means I’m not there » Naëlle.

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If you can call the name of our hope, that probably means I’m not there » Naëlle.

Mensaje por Simon Müller el Miér Ene 04, 2012 11:17 pm

Ciudad Gris es una de esas ciudades con una falta de gracia tan preocupante que, si no fuera porque honestamente lo tiene sin cuidado, una parte de él lo convencería de mudarse a otra parte. Pero como el nombre le hace justicia a la ciudad y es justo lo que necesita, se dice que está bien así y que no necesita nada más, porque tiene a Naëlle, una casa {no la mejor, pero al menos se merece el nombre} y un empleo. Tampoco es como si el tener este último fuera importante. Su hermana bien podría entrar a una tienda y salir con lo necesario sin tener que pagar si se lo pide, pero sabe que le servirá de distracción y piensa conservarlo. Camina bajo la fina llovizna, sintiendo cómo varios mechones de cabello se le pegan a la frente conforme transcurren los segundos y se los aparta de los ojos con toda la paciencia del mundo.

No le gusta el agua. Es decir, la toma y eso, pero trata de evitarla en grandes cantidades. Se tranquiliza pensando en que simples gotas de agua caídas del cielo no van ahogarlo así como así. Sin embargo tiembla y sabe que no es por miedo {nunca será por miedo}, sino porque una ráfaga de viento le ha calado hasta los huesos. No trae el abrigo consigo, lo ha dejado olvidado en casa. Naëlle insistió esa misma mañana en que lo metiera de una buena vez en la lavadora y él, como siempre, le hizo caso. Está a nada de soltar una maldición pero se resiste. En realidad no le importa si está bien o mal decir malas palabras, pero prefiere ahorrárselas y decirlas en el momento apropiado con el efecto indicado. Su hermana, no obstante, no es de la misma idea o quizá sólo le da igual. 

Eso es algo que admira de ella: no teme dar un paso tras el otro, y volar mucho menos si pudiera. Simon cree a veces que no lo hace por simplemente no querer hacerlo, porque cualquier cosa que ella desea, se debe poder y cumplir. O al menos eso trata de hacer él cada que ella le pide algo con esa sonrisa tan encantadora y su piel estando salpicada por miles de pecas que lo único que le provocan es ganas de recostarse a su lado y contarlas hasta perder la razón. A veces también se pregunta si la manera en que de vez en cuando la mira es algo que debería ser diferente. Pero bueno, no es como si fuera hacerle caso a quien le diga que, en efecto, esa manera de mirarla está mal. Porque nunca hace lo que le dicen. Nunca escucha a nadie que no sea a sí mismo o a Elle.

Llega a casa justo antes de que la verdadera lluvia se suelte con fuerza. Introduce las llaves en el picaporte, pero se detiene a recoger algunos sobres que están al pie del umbral: el correo. Enarca un poco las cejas; nunca pensó que entregaran correspondencia en Ciudad Gris. Entonces gira el picaporte. Entra, limpiándose los pies en el tapete de la entrada, mientras deja las llaves sobre la mesilla y revisa los sobres. Dos son de pura publicidad, uno tiene la caligrafía de su madre y otro es de la biblioteca. Seguramente es el cheque del mes. Abre el que tiene su antigua dirección y no se sorprende al leer de nuevo la petición de Lisa de volver a Sheffield. No tiene idea de cómo se enteró de esa mujer dónde estaban, pero tampoco tiene ganas de averiguarlo, así como tampoco le causa curiosidad por qué demonios, si tanto desea que sus hijos regresen, no va a por ellos a ese lugar.

Entonces una nueva voz suena en su cabeza. Es suave y esconde un matiz ligeramente travieso e irónico entre todo lo que dice {o piensa}. No la ve pero sabe que está justo detrás de él. Puede verse a sí mismo de espaldas en la mente de su hermana. Rueda los ojos.

Lisa te manda saludos —le informa con voz impasible, con un tono que siempre dará a entender que todo lo tiene sin cuidado—. La carta va dirigida a ti. Me disculpo por abrirla; por un momento pensé que se había acordado de ambos. Dice que si has considerado dejarme aquí y regresar con ellos.

En realidad no le duele el rechazo de su madre. Lo único que le molesta de ella es que trata de quitarle a su hermana y por supuesto que eso nunca pasará. Se pasa una mano por el cabello, quitándose el exceso de agua. La mira cuando la ve aparecer de nuevo en la sala. Y por primera vez en el día, sonríe de lado.

Espero que le rompas el corazón y decidas quedarte, Elle.

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Re: If you can call the name of our hope, that probably means I’m not there » Naëlle.

Mensaje por Naëlle Müller el Jue Ene 05, 2012 1:19 am

Se deja llevar por el ritmo de la guitarra. Sus dedos resbalan por las cuerdas. Van y vienen como un mar ajetreado por las olas. If only they could see, if only they had been here... Su voz acompaña la triste melodía. Una voz quebradiza y aunque algo rasguñada por el cigarro, dulce y armoniosa. Las pequeñas gotas de lluvia comienzan a caer delicadamente contra el cristal de su ventana. Siente el frío por debajo de ella y todos los recuerdos se hacen un remolino en su memoria. Se apoya contra la pared, sin dejar de tocar. Su corazón late tan lentamente que siente que puede colapsar en cualquier momento y morir allí, tristemente. Holding on to you, I never thought it would be this clear.

Un par de lágrimas espesas y tibias resbalan por sus mejillas. Caen en cámara lenta y luego se deshacen en el aire, como su propio amor. Como ella misma y como Valère. Como su vida desde que comenzó a ser eso que nunca pidió. Cuando siente la lluvia intensa a sus espaldas, cuando puede escuchar el sonido del agua cayendo fuertemente contra el techo deja la guitarra a un lado y se seca las lágrimas con las mangas de su sweater color mostaza. Es de Simon y le llega hasta las rodillas. Se siente protegida con eso.

Suspira y luego de mirarse en el espejo del baño para intentar borrar las marcas de la nostalgia constante, baja las escaleras enérgicamente al mismo tiempo que escucha la puerta abrirse y siente una ráfaga de viento colarse hacia adentro, enfriando el ambiente. En la sala, enciende nuevamente la chimenea que se apagó con el frío aire y escucha los zapatos de Simon restregarse en el tapete de la entrada. Se queda observando el fuego el tiempo necesario para comprender que ya no está sola, que Simon ha llegado, que ya puede sonreír sinceramente.

El fuego tiene esos colores que se mezclan con intensidad. Que se funden en abrazos y forman otro y otro. Rojo, naranja, amarillo y hasta violeta. Combina con su cabello y si fuera algún adorno estrafalario no dudaría en llevarlo puesto. Simon reiría, quizás. O haría algún comentario ofensivo. No sabe, en realidad. Él es impredecible y esa es una de las tantas razones por las cuales adora a su hermano. A veces ve en él una figura paternal. Otras veces le desconoce, cuando habla con tanto odio sobre la raza humana. Ella detesta al hombre, sí, pero admira la capacidad de Simon de mantener ferviente su ideología. Otras veces lo ve como un amigo al cual puede contarle sus travesuras o sus pensamientos más retorcidos... y otras simplemente quiere abrazarlo, inspirar su perfume y guardarlo en lo más hondo de su corazón. Acariciar su cabello y dormirse en su falda. Nunca perderlo.

Ladea su rostro, alejando aquellos pensamientos y atraviesa el pequeño y estrecho pasillo hasta llegar hacia donde se encuentra Simon de espaldas a ella. Al parecer está leyendo algo. No lleva abrigo, si no fuera hombre estaría temblando de frío y su cabello está empapado. A veces consideraría regalarle un nuevo abrigo. El que tiene ya casi estaba adhiriéndose a su piel, por lo que le obligó a lavarlo.

Será cosa del karma, Simon. Te obligo a lavar tu dichoso abrigo y llueve torrencialmente — Sonríe de lado y se acerca curiosa por el contenido de las cartas. Las observa por arriba y siente un frío congelador en su corazón al notar con desilusión que ninguna lleva el nombre de Valère en el remitente. Al contrario, solo son dos cartas de publicidades tontas y otra de sus padres. Más precisamente de su madre, Lisa.

No es que se lleve mal con ella, para nada. Nunca más hablaron después de su desaparición. Lisa y Patrick fueron, quizás, los mejores padres que alguien relativamente normal o golpeado duramente por la vida, hubiese pedido. Agradables, simpáticos y ausentes la mayor parte del día. Cuando llegaban a casa todo estaba bien, todo era color de rosa. Mentira. Nunca se encargaron de los miedos de Naëlle particularmente. Pero está bien, tampoco es como si le importara tanto. Es obvio. Son humanos del siglo XX. Ignorantes de la verdadera sociedad en todo su esplendor. O al menos lo piensa así. Se encoge de hombros ante las palabras de Simon.

Pues será una más sin respuesta de mi parte. No sé qué dices tú, Limon — Se acerca por detrás y le quita la carta, rompiéndola por la mitad y dejándola sobre la mesilla —. Ups. Debemos entrenar el 'piensa rápido'.

Sonríe ampliamente y le abraza. Siempre lo hace cuando le da la gana. Es decir, cuando le nace. No sabe si volverá a sentirlo en un segundo o dos más. No sabe si mañana estará con ella, no sabe si la semana entrante seguirá allí. Se enrieda bajo sus brazos y apoya su cabeza en su hombro.

Opino que, con el clima, sería muy conveniente ver una película de terror o algo con lo que podamos burlarnos del miserable mundo y su torpe humanidad — Se suelta, aún sintiendo su calor sobre ella y camina hacia la cocina en busca de algo para comer. Sus pisadas son algo frágiles, pues no lleva zapatos, sino solo calcetines a rayas de colores —. Voy a preparar café —. Sentencia, caminando y casi esperando intuitivamente el 'yo también quiero' de Simon.

I'm holding on to you, on a bike we've hired until tomorrow.

Sonríe.
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Re: If you can call the name of our hope, that probably means I’m not there » Naëlle.

Mensaje por Simon Müller el Jue Ene 05, 2012 3:09 am

Si bien Simon no es el gran admirador de su propio don, hay veces en que llega a considerarlo útil. Como cuando va al supermercado y no tiene idea de qué preparar para la cena, pero ahí dentro encuentra a muchas madres de familia en la misma situación, todas pensando a la vez casi diez recetas por minuto y es entonces cuando él aprovecha, compra lo necesario y al final de la velada Elle lo felicita con un 'te quedó delicioso, Simon' y un suave beso en la mejilla. O también para ganar dinero fácil, porque todos los que apuestan contra él son una bola de estúpidos. Para Simon es tan fácil ir al Bar Nocturno, decirle a un tipo cualquiera 'si adivino lo que piensas, ¿me darías diez dólares?' y para el final de su ronda habitual terminar con doscientos dólares en el bolsillo. Una persona lista o por lo menos suspicaz se daría cuenta de lo que en realidad sucede con él, pero como todos parecen estar convencidos de que en realidad sabe adivinar, no desea romperles la ilusión y deja las cosas así.

Pero a él en realidad no le importa lo que los demás piensen. Si no te escucha cuando hablas, menos lo hará cuando estés pensando. Y una de las ventajas con las que cuenta es que así como puede activar al máximo el don, puede también al menos bajar el volumen de las demás mentes hasta convertirlas en un murmurllo suave y constante en el fondo de su cabeza. Sin embargo, existe una voz que siempre le ha gustado escuchar y que no se cansa de oír en su mente. El tono de voz de Elle es muy bonito. ¿La has escuchado cantar? Claro que no. Él nunca la dejaría cantar para ti, {no lo mereces}.

La observa a su lado, mirando curiosa los sobres y lo primero que ve en su mente es a otro chico. Valère. Nunca se interesó en conocerlo hasta que se dio cuenta de la forma en que Naëlle hablaba de él. La manera en que sus ojos verdes se volvían más intensos al pronunciar su nombre, mientras se estremecía con suavidad entre sus brazos. Porque sí, las únicas veces en que ella le hablaba del sujeto era cuando estaban encerrado en el cuarto de ella, recostados ambos sobre la cama, abrazados, protegiéndose mutuamente del mundo y la gente. '¿Ves ésta pieza, Limon? La he compuesto para Valère', '¿Limon? Hoy iré a practicar a casa de Valère, ¿pasas por mí a las ocho?', '¡Limon, Limon! Valère me besó, ¿puedes creerlo?'.

Y luego murieron. Simon ni siquiera tuvo tiempo de sentir ese odio irracional que sienten los hermanos mayores hacia el primer novio {o el primer amor} de sus hermanas menores. Despertar una vez más fue difícil, pero Naëlle y Simon se tenían el uno al otro para cuando eso pasó. Pero Valère ya no estaba. {Algo dentro de Simon se alegró}, auqnue jamás vio a su hermana tan triste como entonces.

El sonido del papel siendo rasgado lo obliga a relajar sus, de repente, tensos nudillos. Observa la sonrisa de su hermana y después la siente enredándose en sus brazos, con el cabello pelirrojo oliendo deliciosamente bien y el flequillo haciéndole un poco de cosquillas en la mejilla y el inicio del cuello. La rodea con sus brazos; disfruta del momento, de su calor y de su vitalidad. La quiere, la quiere tanto. Y justo en ese momento recuerda de nuevo al tal Valère y se pregunta si de esa misma forma quería él a su hermana. Simon nunca ha tenido una novia. Se lió quizá dos o tres veces con algunas chicas, pero nada importante. A él nunca le han gustado esas cosa. El sexo y el amor son cosas que le resultan aburridas, faltas de sentido y que, la verdad, le parecen una auténtica perdida de tiempo.

A veces y durante los abrazos, a su hermana se le ocurre hacerse invisible. Simon odia eso, aunque nunca se lo ha dicho. {Le da miedo}. Le asusta porque teme el día en que en serio la tome entre sus brazos y al segundo siguiente desaparezca para siempre. Teme perderla, {no quiere perderla}. Así que cuando ella se acerca y rodea su cuello con los brazos, él la estrecha contra su cuerpo, diciéndole de esa manera que está ahí sólo para ella, con ella, y que así como él no piensa ir a ninguna parte, espera que ella tampoco lo haga.

Cuando Elle se separa, Simon piensa que es demasiado pronto. Así que toma su mano a medio camino rumbo a la cocina, de esa forma hasta que ambos llegan a estar frente a la cafetera. A regañadientes suelta su mano, pero sube a la barra, donde se queda sentado y la observa poner en marcha el aparato.

Me gustaría una taza también, si no te molesta —le dice, mientras se dedica a jugar con una cuchara—. Podemos ver una película de terror, sí, o también podrías ayudarme a preparar la cena. Pero creo que podríamos pedir comida china. Después de todo, hace más de una semana que no como fideos —chasquea la lengua, tomando la taza de color rojo intenso que su hermana le ofrece. Casi le dan ganas de decirle que se quede con esa y mejor le de la de color violeta, de la que ella ya ha tomado un sorbo, así que no dice nada al respecto—. ¿Cuál te gustaría que viéramos?

No le agradan las películas de terror. O bien le dan asco o ganas de reír. También llegan a ponerlo de mal humor, sabes. Odia lo absurdo. Pero la única razón por la que le gusta decirle que sí a Naëlle es porque sabe que a ella le gustan, y porque le agrada verlas mientras ambos están en la sala, ella recargada sobre su pecho y él acariciándole distraídamente el cabello.
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Re: If you can call the name of our hope, that probably means I’m not there » Naëlle.

Mensaje por Naëlle Müller el Jue Ene 05, 2012 3:42 am

Siente la mano de Simon entrelazarse con la suya en el camino y ladea el rostro para dedicarle una breve sonrisa. Toda la casa comienza a volverse cálida gracias al fuego de la chimenea, así como su corazón ahora que está con su hermano. Pisa el frío parquet de la cocina intentando no resbalar, mientras toma de un mueble dos tazas. Una roja y otra violeta. Echa agua, dos sobres de café y presiona un par de botones en la cafetera. Luego el sonido de la bebida calentándose se abre paso por sus oídos hasta que un pequeño "píp" le avisa que el café está listo. Lo sirve en las respectivas tazas y le extiende la roja a Simon.

Se recarga sobre la mesa y prueba un sorbo. Está perfecto. Escucha una vez más las palabras de su hermano, sin emitir respuesta alguna en los próximos veinte segundos. ¿Qué preferiría hacer? Sabe que Simon detesta las películas de terror y que también detesta cocinar. También sabe que ambos disfrutan de la comida china, pero niega con la cabeza ante esta última proposición. Prefiere cocinar con Simon y luego cenar lo que hayan hecho viendo una película de terror. Entonces todos estarían contentos. {Vale aclarar que en dado caso de que Simon no fuese Simon, sino una persona cualquiera, Elle elegiría ver una película de terror y rechazaría la comida con tal de incomodar y punto final.}

Cocinemos algo — dice al fin, después de meditar su respuesta. Deja la taza de café ya vacía cerca del grifo y se acerca a Simon con un libro de recetas de cocina. Sonríe divertida, pues sabe que podrían hacer un desastre o incendiar la casa. Simon es buen cocinero, pero ella no es buena ayudante. Toma asiento en la silla junto a la mesa y abre el libro —. Algo rápido. Luego, podremos ver una película o un documental sobre el Pato Donald en Discovery Chanel, comiendo el delicioso plato que haremos juntos —. Rueda los ojos y pasa las páginas hasta llegar a la parte de Recetas Rápidas.

Hay varias recetas. Recetas estúpidas de cómo freír huevos o cómo tostar pan. Hasta la persona más idiota puede hacer una cosa así. Lleva su dedo por toda la lista y lo deja, al azar, sobre la Tortilla Francesa. Verifica el número de página {198} y comienza a pasar las páginas nuevamente. Cuando lee los ingredientes y la preparación, recuerda que cocinó eso alguna vez con su madre. De pequeña, cuando era ingenua y consideraba que las mujeres debían limpiar la casa, cocinar y barrer el excremento de los perros como toda una Barbie Girl.

Esto es simple y rápido. Necesitamos sal, huevos y aceite de oliva —. Se encuentra extraña hablando de comida y aún más planificando una cena, pero ayudar de vez en cuando no es tan mala idea -cuando se trata de Simon, si es alguien más que simplemente lo olvide-. Se muerde el labio inferior inconscientemente, leyendo los pasos a seguir y se levanta de la silla de un momento a otro, juntando las palmas de las manos —. ¿Manos a la obra, Limon?

Se acerca a su hermano y le extiende una mano para que se levantase de la barra. Busca un par de delantales en un cajón y le tiende el rosa a su hermano, y ella se queda con el anaranjado. Le tira de una mejilla para darle energía. Si nadie cocina entonces morirían de hambre, y si mueren de hambre sería un desperdicio, puesto que planea escribir un libro de misantropía y debe tener los argumentos perfectos de Simon para triunfar. Además, cocinar es algo entretenido de a dos. O al menos lo supone, mientras lo entretenido no se vuelva fuego o bien ingredientes malgastados.
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Re: If you can call the name of our hope, that probably means I’m not there » Naëlle.

Mensaje por Simon Müller el Jue Ene 05, 2012 7:23 pm

Sonríe divertido al escuchar la proposición de su hermana. Sabe que de tratarse de otra persona, probablemente lo hubiese dejado con la palabra en la boca sin siquiera ponerle atención. Y le parece divertido porque ambos saben que ella no es la mejor ayudante de cocina que puede haber. Pero él sabe que Elle lo intenta y que si lo ha propuesto es porque en realidad desea ayudarlo. Así que asiente, bajando de la barra y tomando el delantal... rosa, que ella le ofrece. Rueda los ojos, pero no dice nada mientras la ve colocarse el delantal naranja. Cuando ella le pide ayuda, él ata con cuidado los lazos tras su nuca, acomodando delicadamente su cabello al terminar. Después ella lo hace dar media vuelta y sonríe de lado al imaginarla de puntillas, atando también un nudo tras su cuello.

Eso. Simple y rápido. En realidad no le sorprende la eficiencia de su hermana, pues ella siempre ha sido práctica, de pensamientos rápidos y concisos. Asiente una vez más, sacando los huevos de la nevera {nunca ha entendido por qué su madre los hacía meterlos ahí cuando llegaban de hacer las compras y a Naëlle y a él les tocaba colocar todo en su sitio, mucho menos por qué después de tanto tiempo ambos siguen teniendo esa costumbre}. Lo deja pasar y de la alacena saca un paquetito de sal. El aceite siempre lo dejan sobre la barra, cerca de la estufa, así que es ahí donde Simon pone lo demás.

Podríamos agregarle algo mas, si gustas —comenta, recordando cuando su madre preparaba Tortilla Francesa y le agregaba un poco de queso, o rara vez, jamón. En la mente de Elle resuena un '¿como qué?' que lo obliga a encogerse de hombros—. No lo sé. Quizá jamón, o queso. O cualquier otra cosa.

Ríe cuando ella lo hace. Simon disfruta del sonido, porque es muy raro que él ría. Sólo lo hace cuando está con su hermana. Es extraño y no le importa. Bebe otro sorbo de su taza de café, dejándola cerca por si desea volver a tomar. Se acerca al fregadero y se lava las manos. Enciende el fuego en la estufa mientras escucha cómo Elle se lava también las manos. Saca una sartén y la pone a calentar. Después de un par de minutos, coloca un poco de aceite en la ésta. Ahora deben esperar otro par de minutos. Simon baja la flama hasta tenerla a fuego medio.

Observa a Naëlle partir los huevos y echar el contenido en un recipiente. Comienza a batirlos con el utensilio correspondiente y evita reír al darse cuenta de que empieza a salpicar un poco. Se coloca tras de ella y cubre sus manos con las propias, guiándolas con suavidad en movimientos precisos y rápidos al mismo tiempo. Suelta sus manos poco a poco, besando con ternura su mejilla al darse cuenta de que ella sola podrá manejarlo ahora. Sonríe de lado nuevamente, poniéndole un poco de sal a la mezcla.

Recuerda las noches en que su madre simplemente se iba a la cama temprano y los dejaba a los tres {a Patrick, a Naëlle y a Simon} sin cenar. Simon, las primeras veces, simplemente preparaba un emparedado de jalea para su hermana y él se iba a la cama con el estómago vacío. Su padre lo tenía sin cuidado. Cuando tuvo la estatura suficiente, se atrevió a usar la estufa. Después, en secundaria, llevó clases de cocina. Fue el más destacado de la clase aunque, claro, nunca ponía atención. Jamás seguía las recetas. Todo lo hacía al cálculo, sin hacer caso a las porciones. Desde entonces fue el encargado de preparar la cena. Antes le gustaba, pero desde que fue su responsabilidad alimentar a sus padres, le perdió el gusto.

Sin embargo, le gusta cocinar para Elle. Preparale lo que se le apetezca, sin importar cuál complicado sea. A veces son galletas, rara vez pasteles y quizá uno que otro pay. Pastas, quizá ensaladas y demás. A él casi no le gusta la carne, ella no gusta del pescado. Pero les encanta la comida china y es lo que comen la mayoría del tiempo. Se encoge de hombros mentalmente. Quizá comer Tortilla Francesa no les cause daño. Vierte la mezcla sobre la sartén y es entonces cuando agrega un poco de queso. La voltea con ayuda de una espátula y a petición de Elle, Simon hace girar la totilla un par de veces en el aire. Cuando está en su punto, la sirve en un plato, la parte por la mitad y la deja sobre la barra.

Ta-dá —murmura, mirando a su hermana—. Excelente trabajo.

Huele delicioso.
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